Azabache

Azabache

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—Querido primo, no se preocupe por mí, por favor —rió ella—. Sé montar desde pequeña, y he seguido muchas veces a los sabuesos, aunque sé que usted desaprueba que las mujeres vayan de caza. De todos modos, ése es el hecho, y me propongo probar a esta Lizzie a la cual son tan aficionados ustedes los hombres. De modo que, ayúdeme a montar como un buen amigo que es.

Nada quedaba por decir. Él la depositó cuidadosamente sobre la silla, se fijó en el freno y la barbada, le puso suavemente las riendas en la mano, y después me montó. En el momento en que nos alejábamos, llegó un lacayo con un papel y un mensaje de la señora Harriet: «Que el señor Blantyre haga el favor de preguntar esto en su nombre al doctor Ashley».

La aldea quedaba a un kilómetro de distancia, y en ella la casa del doctor era la última. Nuestro viaje fue bastante alegre hasta llegar a la entrada. Un corto sendero conducía a la casa por entre altos árboles. Blantyre desmontó ante la entrada y se disponía a abrirla para que pasara Lady Anne, pero ella le dijo:

—Lo espero aquí; puede colgar las riendas de Azabache en el portón.

—No tardaré ni cinco minutos —repuso él, dudoso.

—Oh, no hace falta que se apresure; Lizzie y yo no escaparemos.


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