Azabache
Azabache Él colgó mi rienda sobre la verja de hierro, y no tardó en perderse de vista entre los árboles. Al costado del camino, y a pocos pasos de distancia, Lizzie aguardaba tranquilamente, de espaldas a mí. Mi joven ama, sentada con la rienda suelta, canturreaba una canción. Yo escuché los pasos de mi jinete hasta que llegó a la casa y llamó a la puerta.
Del otro lado del campo se extendía un prado con el portón abierto. En ese preciso momento algunos caballos de carreta y varios potros jóvenes aparecieron trotando de manera muy desordenada, seguidos por un muchacho que hacía restallar un gran látigo. Uno de esos potros, que eran salvajes y juguetones, cruzó de pronto el camino y fue a tropezar con las patas traseras de Lizzie. No sé si fue ese potro estúpido, o el sonoro chasquido del látigo, o las dos cosas juntas; el caso es que Lizzie, sobresaltada, se precipitó a galope tendido. Tan brusco fue todo, que Lady Anne estuvo a punto de caer, pero no tardó en recobrarse.