Azabache
Azabache Yo lancé un relincho fuerte y agudo, pidiendo socorro. Una y otra vez relinché, mientras pateaba el suelo con impaciencia, y agitaba la cabeza para soltar la rienda que me sujetaba. No tuve que esperar mucho, pues Blantyre acudió corriendo, miró ansioso a su alrededor y alcanzó a divisar a la figura fugitiva, ya muy alejada. Entonces saltó en un instante a la montura. Tampoco a mí me hizo falta látigo ni espuela, ya que me sentía tan ansioso como mi jinete. Él, que lo advirtió, me dio rienda suelta; un poco tendidos hacia adelante, nos precipitamos en pos de la yegua desbocada y su jinete.
El camino se extendía recto por espacio de un kilómetro y medio antes de doblar a la derecha, donde se bifurcaba. Mucho antes de que llegáramos a esa curva, Lady Anne se había perdido de vista. ¿Hacia dónde habría ido? En la entrada de su jardín, una mujer miraba ansiosamente camino arriba, protegiéndose los ojos con la mano.
Blantyre apenas si tiró de las riendas para preguntarle:
—¿Hacia dónde?
—A la derecha —gritó a su vez la mujer, señalando en esa dirección.