Azabache

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Continuamos, pues, nuestra carrera, y al cabo de un momento divisamos a Lady Anne; otra curva la ocultó de nuevo. Varias veces las entrevimos, para luego volver a perderlas de vista. No parecíamos poder ganar terreno.

Cerca de un montón de piedras, un anciano que trabajaba en el camino soltó su pala para hacer señas de que deseaba decirnos algo. Cuando Blantyre sofrenó un poco, le gritó:

—A la pradera, señor, a la pradera; fue para allá.

Yo conocía bien esa pradera, compuesta en su mayor parte de terreno muy desparejo, cubierto de brezos y matas de retama, con uno que otro espino raquítico. También había espacios abiertos de pasto fino y corto, con hormigueros y madrigueras por todas partes; el peor sitio que conozco para un galope tendido.

Apenas llegábamos, cuando divisamos de nuevo el vestido verde, que volaba delante de nosotros. Lady Anne había perdido su sombrero; su largo cabello castaño flameaba a sus espaldas. Tenía la cabeza y el cuerpo echados hacia atrás, como si, casi exhausta, estuviera tirando con todas las fuerzas que le quedaban. Era evidente que lo desparejo del suelo había obligado a Lizzie a disminuir la velocidad; tal vez pudiéramos alcanzarla.


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