Azabache

Azabache

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En el camino, Blantyre me había dejado correr a gusto, pero ahora, con mano liviana y mirada experta, me condujo por el terreno de manera tan magistral, que apenas si disminuí el paso, y ya las íbamos alcanzando.

En medio del brezal habían abierto hacía poco una ancha zanja, amontonando del otro lado la tierra de la excavación. ¡Eso tenía que detenerlas! Pero no; Lizzie apenas si vaciló antes de saltar, tropezar en los terrones y caer. Blantyre lanzó un gemido antes de animarme:

—¡Vamos, Azabache, esfuérzate más!

Me dio rienda firme, yo me preparé, y con un solo salto decidido traspuse tanto la zanja como la orilla. Inmóvil entre los brezos, de cara al suelo, yacía mi pobre amita. Arrodillándose, Blantyre la llamó por su nombre, sin lograr respuesta.

Entonces la volvió suavemente boca arriba: la joven estaba espantosamente pálida, con los ojos cerrados.

—¡Anne, mi querida Anne, hábleme! —repitió él, sin resultado.

Le desabrochó el vestido, le aflojó el cuello y le tocó las manos y muñecas; por fin se irguió, para mirar a su alrededor en busca de auxilio.


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