Azabache

Azabache

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Llegados a la estación, el coronel puso dinero en la mano de Smith, al tiempo que se despedía de él, diciéndole:

—Smith, cuida a tu joven ama, y no dejes que ningún mozalbete cualquiera estropee a Azabache… consérvalo para ella.

Dejamos el carruaje en el taller, y Smith me condujo al León Blanco, donde indicó al mozo de cuadra que me alimentara bien y me tuviera listo para él a las cuatro. Durante el trayecto, se había soltado un clavo de una de mis herraduras, pero el mozo de cuadra no lo advirtió hasta eso de las cuatro. Smith llegó recién a las cinco, y entonces dijo que no saldría hasta las seis, pues se había encontrado con algunos amigos. Entonces el caballerizo le mencionó el clavo y le preguntó si debía hacer revisar la herradura.

—No, aguantará hasta llegar a casa —repuso Reuben.

Lo dijo en tono muy sonoro e indiferente, y yo pensé que no era propio de él no ocuparse de mi herradura, puesto que solía ser muy minucioso en esos detalles. No regresó a las seis, a las siete ni a las ocho, y recién cerca de las nueve me llamó, con voz fuerte y áspera. Parecía de muy mal humor e insultó al mozo de cuadra, aunque no logré comprender el motivo.

Desde la puerta, el posadero le dijo:

—¡Señor Smith, tenga cuidado!


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