Azabache

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No podía seguir así; no hay caballo capaz de mantener el equilibrio en semejantes circunstancias, pues el dolor era muy grande. Tropecé y caí con violencia de rodillas. Smith salió despedido, y sin duda con gran violencia, debido a la velocidad de mi carrera. Yo no tardé en volver a incorporarme y cojear al costado del camino, libre de piedras.

A la luz de la luna, que acababa de levantarse por encima del seto, pude ver a Smith que yacía a pocos metros de mí, y que tras un débil intento de levantarse, lanzó un gran gemido y no se movió más. Yo también podía haberme quejado, pues sufría intenso dolor en la pata y las rodillas, pero los caballos estamos habituados a tolerar el dolor en silencio. No emití sonido alguno, sino que me quedé allí, escuchando.

Smith lanzó otro gemido más, pero aunque la luz de la luna lo iluminaba de lleno, no vi que se moviera. Yo nada podía hacer, ni por él, ni por mí mismo. Pero ¡ah!, cómo ansiaba oír un caballo, un carro o pasos humanos. Aquel camino era poco frecuentado, de modo que podíamos pasar horas allí antes de que nos auxiliaran.



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