Azabache
Azabache Debía ser casi medianoche cuando oí a gran distancia un ruido de cascos. A veces aquel sonido se alejaba; luego volvía, más claro y cercano. Provenía de las plantaciones pertenecientes al conde, y yo rogué que fuera alguien que venía a buscarnos. A medida que el sonido se aproximaba, me sentí casi seguro de reconocer el paso de Bravía; un poco más cerca, y supe que era ella quien tiraba del coche. Lancé un fuerte relincho y, lleno de júbilo, oí otro de respuesta de Bravía, así como voces humanas. Los hombres llegaron lentamente sobre las piedras, hasta detenerse junto a suelo.
Uno de ellos desmontó de un salto y fue a agacharse junto a ella.
—Es Reuben, y no se mueve —anunció.
El otro lo siguió y se inclinó a su lado.
—Está muerto —dijo enseguida— fíjate qué frías tiene las manos.
Lo levantaron, aunque sin vida, y con el cabello empapado de sangre. Entonces volvieron a tenderlo y, al acercarse a mirarme, vieron mis rodillas cortadas.
—Vaya, ¡el caballo cayó y lo derribó! ¿Quién habría creído capaz de tal cosa al caballo negro? Nadie pensaba que pudiera caer. ¡Reuben debe estar tendido allí desde hace horas! Por otra parte, es raro que el animal no se haya alejado.
Dicho esto, Robert intentó conducirme; yo di un paso, pero estuve a punto de caer de nuevo.