Azabache
Azabache —¡Hola!… también tiene lastimada la pata. Fíjate… tiene el casco hecho pedazos; ¡con razón se cayó, el pobre! ¿Sabes una cosa, Ned? Me temo que Reuben anduviera descarriado… Date cuenta, ¡conducir un caballo con una herradura de menos por estas piedras! De haber estado en su sano juicio, tanto podría haber intentado llevarlo a la luna. Me temo que haya vuelto a lo mismo de antes. ¡Pobre Susana! estaba terriblemente pálida cuando fue a mi casa, a preguntarme si él había vuelto.
Siguió a esto una conversación, al cabo de la cual acordaron que Robert, el mozo de cuadra, me guiaría, y que Ned llevaría el cadáver. Costó mucho subirlo al coche, porque no había nadie que retuviera a Bravía, pero ésta, que sabía tan bien como yo lo que pasaba, se quedó inmóvil como una estatua. Lo noté porque, si tenía un defecto, era su impaciencia al estar inmóvil. Ned partió a paso lento con su lúgubre carga, mientras que Robert me revisaba de nuevo la pata. Luego sacó el pañuelo, con el cual la vendó bien, y de ese modo me condujo de vuelta a casa. Jamás olvidaré aquella recorrida nocturna: eran más de tres kilómetros. Robert me guiaba con suma lentitud, y yo lo seguía cojeando como podía, entre fuertes dolores. Estoy seguro de que me compadecía, puesto que con frecuencia se detenía y me palmeaba, hablándome con suavidad.