Azabache

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Al fin llegué a mi pesebre, donde comí un poco de maíz. Después de envolverme las rodillas con trapos mojados, Robert me ató la pata con una cataplasma de afrecho para extraer el calor y limpiarla antes de que la viera el veterinario, por la mañana. Entonces logré tenderme en la paja y dormir, pese al dolor.

Al día siguiente el herrador, después de examinar mis heridas, dijo que esperaba que no tuviera lastimada la coyuntura. En tal caso, no quedaría estropeado para el trabajo, pero jamás perdería ese defecto. Creo que hicieron lo posible por curarme bien, pero fue una cura prolongada y penosa. Me creció carnosidad sobre las rodillas, que me quemaron con cáusticos; cuando por fin sanaron, les echaron encima un fluido ardiente para sacar todo el pelo. Para hacer esto tenían no sé qué motivo; supongo que habría una razón para ello.

Como la muerte de Smith había sido tan súbita y sin testigos, se llevó a cabo una investigación. El hotelero y el mozo de cuadra del León Dorado, así como varios de los suyos, declararon que estaba embriagado al salir del hotel; el encargado de la barrera de peaje relató cómo había pasado por allí al galope, y fue hallada mi herradura entre las piedras. Con eso todo quedó claro, y yo libre de culpa y cargo.

Todos compadecían a Susana, que, casi enloquecida, no cesaba de repetir:


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