Azabache
Azabache —Bueno, es que los hombres siempre quieren ir rápido, y si una no puede seguir el paso a otros caballos, recibe latigazo tras latigazo. Por eso tuve que adaptarme como pude, y asà adquirà este andar tan feo y arrastrado. No siempre fue asÃ; cuando vivÃa con mi primer amo, siempre seguÃa un trote regular, pero es que él no se daba tanta prisa. Era un joven clérigo rural, y un buen amo, muy bondadoso. AtendÃa dos iglesias, bastante alejadas, y que le daban mucho trabajo; sin embargo, nunca me regañó ni azotó por no andar rápido. Me tenÃa mucho afecto. Ojalá estuviera todavÃa con él, pero tuvo que irse a una ciudad más grande, y entonces me vendieron a un granjero. Tú sabes que algunos granjeros son amos de lo mejor, pero éste me parece que era un hombre de baja estofa. No le importaba nada de un buen caballo ni de conducir bien; solamente ir rápido. Yo iba lo más deprisa que podÃa, pero no le bastaba y me azotaba sin cesar. Asà fue como adopté esta manera de dar un salto adelante para mantener la velocidad… En las noches de mercado solÃa quedarse en la taberna hasta muy tarde; después me conducÃa, a casa al galope. Una noche oscura, en que galopábamos de vuelta como de costumbre, la rueda chocó de pronto con no sé qué cosa grande y pesada en el camino, y el coche se volcó. Él rodó por el suelo y se le quebró un brazo, asà como algunas costillas, según creo. Como quiera que sea, asà terminó mi vida con él, y no lo lamenté. Pero ya ves que en todas partes me pasará lo mismo, si los hombres insisten en ir tan rápido. ¡Ojalá tuviera patas más largas!