Azabache
Azabache ¡Pobre Peggy! La compadecí mucho sin poder consolarla, pues sabía lo difícil que resulta para los caballos lentos seguir el paso de los más veloces. Todos los latigazos los reciben ellos, y sin poder evitarlo.
A menudo la uncían al faetón, y algunas damas la apreciaban mucho, por ser tan mansa. Al cabo de un tiempo fue vendida a dos señoras que conducían ellas mismas y querían tener un caballo seguro y bueno.
Varias veces la encontré en el campo, andando a buen paso firme, de lo más alegre y satisfecha. Me alegré mucho de verla, pues merecía un buen hogar. Cuando se marchó, fue a reemplazarla otro caballo, que era joven y tenía fama de espantadizo, por lo cual había perdido un buen puesto. Le pregunté por qué se espantaba.