Azabache

Azabache

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—La verdad es que apenas si lo sé —repuso—. Cuando joven, era temeroso, y solía asustarme bastante. Si veía algo raro, me volvía a mirarlo… tú sabes que con las anteojeras puestas, no se ve ni entiende qué es algo a menos que uno se vuelva; entonces mi amo siempre me azotaba, lo cual, por supuesto, me sobresaltaba sin quitarme el temor. Creo que, si me hubiera dejado mirar las cosas tranquilamente y comprobar que no podían hacerme daño, todo habría ido bien, pues yo me habría habituado a ellas. Un día en que lo acompañaba un anciano caballero, un pedazo grande de papel o trapo blanco voló a un costado. Cuando me espanté y me abalancé hacia adelante, mi amo, como de costumbre, me azotó con fuerza, pero el anciano exclamó: «¡No haga eso! Nunca debe azotar a un caballo por espantarse: se espanta porque se asusta; y usted lo asusta más y empeora su hábito». Así que ya ves, no todos los hombres hacen lo mismo. Ten por seguro que no quiero espantarme porque sí, pero ¿cómo saber qué es peligroso y qué no lo es si no se le permite a uno habituarse a nada? Nunca tengo miedo de lo que conozco. Me crié en un sitio donde había ciervos. Yo, por supuesto, los conocía tan bien como a las vacas y a los caballos, pero no son comunes, y sé de muchos caballos sensatos que se asustan de ellos y alborotan una enormidad antes de pasar por delante de un cercado donde los haya.


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