Azabache

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Sabiendo que lo que decía mi compañero era verdad, deseé que todo caballo joven tuviera tan buenos amos como el estanciero Grey y el caballero Gordon.

Claro está que a veces hallábamos buenos conductores… Recuerdo que una mañana me uncieron al coche liviano, y me condujeron a una casa de la calle Pulteney. De allí salieron dos caballeros, el más alto de los cuales se me acercó. Observó el bocado y la brida, y movió apenas el collar con la mano, para ver si me ajustaba cómodamente.

—¿Cree usted que este caballo necesita barbada? —preguntó al mozo de cuadra.

—En mi opinión —contestó éste— me parece que éste puede pasarse muy bien sin ella, pues su boca está muy bien, y aunque brioso, no tiene vicios, pero por lo general comprobamos que la gente prefiere usar barbada.

—Pues a mí no me gusta —repuso el caballero—. Por favor, quítesela y póngale la rienda junto a la mejilla. Tener la boca cómoda, es una gran cosa durante un largo viaje, ¿verdad, amigo? —agregó, palmeándome el pescuezo.

Luego tomó las riendas y los dos subieron. Recuerdo aún con qué suavidad me hizo dar la vuelta, y así, con un leve toque de rienda y una pasada del látigo por el lomo, partimos.


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