Azabache

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Cuando mi amo se lo explicó, el otro meneó la cabeza con lentitud, mientras se ponía a palparme.

—Mi querido amigo, no sé quién se come tu maíz, pero mucho me extrañaría que fuera tu caballo. ¿Cabalgaste muy rápido?

—En absoluto.

—Pues pon la mano aquí —continuó el granjero, pasándome la suya por el pescuezo y los hombros—. Está tan caliente y húmedo como si acabara de pastar. Te aconsejo que vigiles un poco más tu establo. Detesto ser desconfiado y, gracias al Cielo, no tengo motivo para ello, pues puedo confiar en mis hombres, esté presente o ausente; pero ciertos bribones mezquinos son tan perversos que serían capaces de robar su comida a una pobre bestia. Tienes que fijarte en ello. —Y, volviéndose a su criado, que acudía a recibirme, le dijo—: Dale a este caballo una buena porción de avena, y no la mezquines.

¿«Pobres bestias»? Si, lo somos, pero de haber sabido hablar, podría haber dicho a mi amo adónde iba su avena. Mi mozo de cuadra acostumbraba llegar cada mañana, a las seis, en compañía de un niño que siempre llevaba consigo una cesta cubierta. Junto con su padre, el muchacho pasaba al depósito de arneses, donde se guardaba el cereal, y cuando la puerta quedaba entreabierta los veía llenar una bolsita con avena que sacaban del cajón, tras lo cual el muchacho se marchaba.


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