Azabache
Azabache Cinco o seis mañanas más tarde, poco después de que el niño saliera del establo, se abrió la puerta y entró un policía que lo llevaba sujeto por el brazo. Los siguió otro policía que, cerrando la puerta por dentro, ordenó:
—¡Muéstrame dónde guarda tu padre el alimento para sus conejos!
El niño, muy asustado, comenzó a llorar, pero, sin poder escapar, abrió la marcha hacia el cajón del cereal. Allí encontró la policía otra bolsa vacía, igual a la que hallaron llena de avena en la cesta del muchacho.
No tardaron en descubrir a Filcher, que me estaba limpiando las patas, y aunque fanfarroneó mucho, lo condujeron a la cárcel, junto con su hijo. Más tarde me enteré que no consideraron culpable al niño, pero el hombre fue sentenciado a dos meses de prisión.