Azabache
Azabache Mi amo no consiguió reemplazante enseguida, pero pocos días después, llegó mi nuevo mozo de cuadra. Era un individuo alto, bastante bien parecido, pero si alguna vez hubo un farsante en forma de hombre, ése era Alfred Smirk. Conmigo era muy amable, y jamás me trató mal; lejos de ello, me acariciaba y palmeaba en abundancia, sobre todo cuando su amo estaba presente para verlo. Para que tuviera aspecto elegante, me cepillaba siempre con agua la crin y la cola, y los cascos con aceite antes de conducirme hasta la puerta; pero en cuanto a limpiarme las patas por dentro, revisarme las herraduras o asearme a fondo, me hacía tan poco caso como si yo hubiera sido una vaca. Me dejaba el bocado enmohecido, la montura húmeda y el anca tiesa.
Alfred Smirk se consideraba muy buen mozo y se pasaba mucho tiempo ante un espejito, en el depósito de arneses, examinándose el cabello, los bigotes y la corbata. Cuando su amo le hablaba, repetía: «Sí, señor, sí señor», tocándose el sombrero a cada palabra; y todos lo tenían por un joven muy simpático, y al señor Barry por afortunado de tenerlo a su servicio. Por mi parte, opino que era el sujeto más perezoso y vanidoso que he tenido cerca en mi vida.