Azabache

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Claro que no ser maltratado era una gran cosa, pero es que un caballo desea algo más que eso. Tenía una casilla «libre» en la cual podría haber estado muy cómodo si él no hubiera sido demasiado indolente para limpiarla. Como jamás retiraba toda la paja, el hedor de la de abajo era espantoso, los fuertes vapores que de ella se elevaban me inflamaban los ojos, y mi apetito no era ya el mismo.

Un día entró el amo y dijo:

—Alfred, el establo huele bastante mal; ¿por qué no friega bien esa casilla, echando bastante agua?

—Bueno, señor —repuso él, tocándose la gorra— así lo haré si lo desea, señor, pero es un poco peligroso echar agua en el pesebre, porque los caballos son muy propensos a resfriarse. No me gustaría perjudicarlo, señor, pero lo haré si usted quiere.

—Pues, no me gustaría que se resfriara, pero tampoco me agrada el olor del establo. ¿Funcionarán bien los desagües?

—Ya que lo menciona, señor, me parece que a veces la alcantarilla echa olor; puede que algo ande mal, señor.

—En tal caso, haga venir al albañil para que la revise.

—Sí, señor, así lo haré.


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