Azabache
Azabache Hubo un hombre de quien pensé que, si me compraba, serÃa feliz. Aunque no era un caballero, tampoco era uno de esos ruidosos y ostentosos que se hacen pasar por tales. Era un hombre más bien bajo, pero bien formado, y de movimientos rápidos. Enseguida comprendÃ, por su manera de tratarme, que aquel hombre conocÃa de caballos: hablaba con suavidad, y habÃa en sus ojos grises una expresión bondadosa y alegre. Aunque parezca extraño, es verdad también que su olor limpio y fresco, me atrajo hacia él. No olÃa a cerveza ni tabaco viejos, cosa que detesto, sino como si recién saliera de un henal. Ofreció por mà veintitrés libras, pero, como su oferta fue rechazada, se alejó. Yo lo seguà con la mirada hasta que se perdió de vista.
Después llegó un hombre de aspecto recio y voz estentórea. Tuve un miedo espantoso de que me comprara, pero siguió de largo. Vinieron uno o dos más, que no pensaban comprar. Luego regresó el hombre de rostro duro, que ofreció veintitrés libras. El regateo fue arduo, pues mi vendedor comenzaba a pensar que no lograrÃa obtener el precio que pedÃa y tendrÃa que rebajarlo; pero en ese preciso momento volvió el de los ojos grises. No pude contenerme de tender hacia él la cabeza, que palmeó bondadosamente.
—Bueno, mi viejo, creo que nos llevaremos bien —declaró—. Ofrezco por él veinticuatro libras.
—Digamos veinticinco y es suyo.