Azabache

Azabache

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—Veinticuatro diez, y ni un penique más —insistió mi amigo, en tono muy decidido—. ¿Sí o no?

—Trato hecho —aceptó el vendedor— y puede contar con que en ese caballo hay muchísima calidad. Si lo quiere para tirar de un coche de plaza, es una ganga.

Mi nuevo amo pagó el precio allí mismo, me tomó del cabestro y me sacó de la feria rumbo a una hostería, adonde ya tenía preparada montura y brida. Me alimentó bien con avena, y mientras yo comía permaneció a mi lado, hablando consigo mismo y conmigo. Media hora más tarde nos hallábamos en camino, por bellas rutas campestres, hasta que llegamos a la gran carretera que conducía a Londres, la que recorrimos sin pausa hasta que, al crepúsculo, llegamos a la gran ciudad. Ya brillaban los faroles de gas; había calles a la derecha, calles a la izquierda, y calles que se entrecruzaban kilómetro tras kilómetro. Creí que nunca llegaríamos al final. Por fin, al cruzar una, llegamos a una larga parada para berlinas, donde mi jinete exclamó en tono animado:

—¡Buenas noches, Patrón!

—¡Hola! —se oyó responder—. ¿Conseguiste uno bueno?

—Me parece que sí —fue la respuesta de mi propietario.

—Te deseo suerte con él.

—Gracias, Patrón —agregó mi jinete antes de seguir camino.


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