Azabache

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Abundaban los regateos, las carreras y los azotes; y si un caballo puede expresar su opinión según su entendimiento, diría yo que en esa feria se mentía y se engañaba más de lo que podría contarse. Me colocaron junto a otros tres caballos vigorosos, de buen aspecto, y muchas personas acudieron a vernos. Los caballeros siempre se apartaban de mí al ver mis rodillas quebradas, aunque el hombre que me ofrecía juraba que era sólo un resbalón en el pesebre.

Para examinarme, los compradores me abrían la boca, me miraban los ojos, me palpaban las patas de arriba abajo, me frotaban con rudeza la piel y la carne, y, por último, probaban mi andar. ¡Qué diferencia había en la manera de hacer todo esto! Algunos lo hacían con aspereza e indiferencia, como si yo hubiera sido un pedazo de madera. Otros, en cambio, me pasaban la mano por el cuerpo con suavidad, con una que otra palmada, como si me dijeran: «Con tu permiso». Yo, por supuesto, también juzgaba a los compradores por sus modales.






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