Azabache

Azabache

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—Caballeros, los llevaré a la velocidad habitual, pues no hay chelín que compense acelerar así.

Larry, cuyo coche se encontraba junto al nuestro, abrió de un tirón la portezuela, diciendo:

—¡Yo soy la persona que buscan, caballeros! Tomen mi coche, mi caballo los hará llegar a tiempo. Su conciencia no le permite ir más rápido que al trote de perro —agregó, con un guiño en dirección a Jerry, y, dando un fuerte latigazo a su cansado caballo, partió a la mayor velocidad posible.

Jerry me palmeó el pescuezo, mientras me decía:

—No, Jack; ningún chelín pagaría esa clase de cosas, ¿verdad, viejo?

Aunque se oponía firmemente a acelerar para complacer a gente descuidada, Jerry siempre conducía a buena velocidad, y no era contrario a darse prisa con tal de saber el motivo. Recuerdo bien una mañana en que esperábamos clientes en la parada, cuando un joven que llevaba un pesado bolso resbaló en una cáscara de naranja y cayó con gran violencia.

Jerry fue el primero en correr a su lado y levantarlo. El joven parecía muy atontado, y al ser conducido a una tienda cercana, caminaba como si estuviera muy dolorido. Jerry, por supuesto, volvió a la parada, pero unos diez minutos más tarde lo llamó uno de los tenderos, de modo que se acercó.


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