Azabache
Azabache Yo tenÃa muy buena boca; vale decir, que podÃa ser conducido mediante levÃsimos toques de rienda, lo cual es una gran cosa en Londres, entre carruajes, ómnibus, carretas, coches de plaza y carretones que circulan a paso de hombre, unos para un lado, otros para otro, unos lentamente, otros procurando pasarlos; ómnibus que se detienen de pronto cada pocos minutos para permitir el ascenso de un pasajero, obligando al caballo que va detrás a detenerse también, o a adelantárseles; a veces intenta uno pasar, pero en ese preciso momento alguna otra cosa se precipita por la estrecha abertura, y hay que seguir detrás del ómnibus. Al rato cree uno ver una oportunidad, y se las arregla para avanzar, pasando tan cerca de las ruedas de cada lado, que al desviarse un centÃmetro más las rozarÃa. Bueno, asà sigue uno un rato, pero no tarda en hallarse en una larga fila de carretas y carruajes, todos obligados a andar al paso.
Jerry y yo estábamos acostumbrados al tránsito más denso, y nadie nos superaba en cuanto a pasar cuando estábamos decididos a hacerlo. Yo era rápido y audaz, y podÃa confiar siempre en mi conductor; Jerry era tan veloz como paciente, y podÃa confiar en su caballo, lo cual es también una gran cosa. Pocas veces empleaba el látigo; con la voz y con chasquiditos de lengua me indicaba cuándo debÃa apresurar el paso, y con la rienda cuándo debÃa reanudar la marcha, de modo que no hacÃan falta latigazos.