Azabache
Azabache Aunque aquel día las calles se encontraban colmadas, las recorrimos a bastante buena velocidad hasta llegar al fondo de Cheapside, donde hubo un taponamiento que duró tres o cuatro minutos. Nuestro pasajero sacó la cabeza para decir, inquieto:
—Tal vez sea mejor que baje y siga a pie; si esto sigue así, no llegaré nunca.
—Haré cuanto sea posible, señor —repuso Jerry—. Creo que llegaremos a tiempo; este taponamiento no puede durar mucho más, y su equipaje es demasiado pesado para que lo lleve.
En ese preciso momento se puso en marcha la carreta que teníamos delante, y entonces tuvimos un golpe de suerte. Seguimos entrando y saliendo, entrando y saliendo, a la mayor velocidad posible para un caballo, y por una de esas casualidades, pudimos cruzar el Puente de Londres sin dificultad, pues toda una fila de coches de plaza y carruajes iba para el mismo lado al trote rápido, acaso para alcanzar aquel mismo tren. Como quiera que sea, llegamos con muchos otros a la estación cuando el gran reloj indicaba las doce menos ocho minutos.
—¡Gracias a Dios!, hemos llegado a tiempo —exclamó el joven— y también gracias a usted, amigo mío, y a su buen caballo. Me ha hecho un favor que no se puede pagar con ningún dinero; tome esta media corona de más.