Azabache
Azabache —No, señor; se lo agradezco. Me alegro mucho de que hayamos llegado a tiempo, pero ahora no se retrase, está sonando la campana. ¡A ver, mozo de cuerda!, lleve el equipaje de este caballero… el tren de las doce, que va a Dover, eso es. —Y, sin esperar una palabra más, Jerry me hizo virar para dejar sitio a otras berlinas que llegaban en el último instante y apartarme a un lado hasta que pasaran todas—. ¡Me alegro tanto! —repetÃa— ¡me alegro tanto! ¡Pobre joven! Vaya a saber por qué estaba tan inquieto.
Cuando regresamos a la fila, Jerry fue objeto de muchas burlas y risas por conducir deprisa hasta la estación por una paga adicional, según decÃan, y todo contra sus principios. Le preguntaron cuánto habÃa ganado.
—Mucho más de lo que suelo recibir —repuso él, con expresión socarrona—. Lo que me dio me mantendrá el ánimo durante varios dÃas.
—¡Mentiras! —dijo uno.
—¡Es un farsante! —agregó otro—. Nos predica a nosotros y después hace lo mismo.
—¡Óiganme bien, compañeros! —continuó, Jerry—. Ese caballero me ofreció media corona de más, pero no la acepté. Fue paga suficiente para mà ver cómo se alegraba de alcanzar ese tren, y si a Jack y a mà se nos ocurre dar una carrera de vez en cuando por puro gusto, es asunto nuestro, y no de ustedes.
—Pues nunca serás rico —comentó Larry.