Azabache

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—Pues me parece, Jerry, que aunque la señora Briggs te pagara un soberano cada domingo, no aceptaría que volvieras a trabajar los siete días de la semana. Ya conocimos lo que era no tener nuestros domingos, y ahora sabemos lo que es tenerlos. Gracias a Dios, ganas lo suficiente para mantenernos, pese a que a veces cuesta pagar toda la avena y la paja, además de la licencia y el alquiler. Pero Harry comenzará pronto a ganar algo, y yo prefiero esforzarme más que antes y no volver a esa época horrible en que apenas tenías un minuto para mirar a tus hijos, y nunca podíamos ir juntos a la iglesia, ni gozar de un día feliz de tranquilidad. ¡Dios no permita que volvamos jamás a esos tiempos! Eso es lo que me parece, Jerry.

—Y eso es, precisamente, lo que dije al señor Briggs, amor mío, y a eso pienso atenerme. Así, pues, no te inquietes más, Polly —continuó mi amo, ya que su esposa se había puesto a llorar— no volvería a esos tiempos aunque ganara el doble, de modo que está decidido. Alégrate, ahora, que yo me voy a la parada.

Tres semanas transcurrieron después de esta conversación, sin que hubiera ningún pedido del señor Briggs, de modo que no quedó otro recurso que acudir a la parada. Jerry lo tomó muy a pecho, ya que, claro está, la tarea era más pesada para nosotros y para él. Pero su esposa lo animaba diciéndole:


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