Azabache

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—No me corresponde trazar planes para los demás —repuso Jerry— pero si no pueden caminar tan lejos, que vayan más cerca, y si llueve, que se pongan los impermeables como en cualquier día de semana. Lo que está bien se puede hacer, y lo que está mal se puede omitir; quien sea bueno hallará el modo de hacerlo, y eso vale tanto para nosotros, los cocheros, como para los feligreses.

Dos o tres semanas después, una noche en que llegábamos al patio, Polly acudió corriendo con una lámpara.

—¡Todo salió bien, Jerry! —exclamó—. La señora Briggs envió esta tarde a su criada para pedir que la pases a buscar mañana a las once. Le contesté que sí, que suponía que podrías, aunque creíamos que ella ya empleaba a otra persona. «Bueno —me explicó—, la verdad es que el patrón estaba enojado porque el señor Barker no quiso ir los domingos, y estuvo probando otros cocheros, pero todos tienen algún defecto: unos van demasiado rápido, otros demasiado despacio, y dice la señora que no hay coche tan limpio y agradable como el de ustedes, de modo que nada la satisface sino viajar de nuevo en la berlina del señor Barker».

Polly estaba casi sin aliento, y Jerry lanzó una alegre carcajada antes de comentar:


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