Azabache

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—«Un día de éstos, todo se arreglará». Como siempre tenías razón, querida. Ve a servir la cena, mientras yo quito el arnés a Jack y lo dejo cómodo y contento en un minuto.

Después de esto, la señora Briggs pidió el coche de Jerry tan a menudo como antes, aunque nunca en domingo. Sin embargo, llegó un domingo en que tuvimos que trabajar. Pasó así:

El sábado por la noche, todos llegamos muy fatigados y satisfechos de pensar que al día siguiente no haríamos más que descansar, pero no fue así.

El domingo por la mañana, Jerry me aseaba en el patio, cuando se le acercó Polly, muy preocupada.

—¿Qué ocurre? —le preguntó él.

—Es que la pobre Dinah Brown acaba de recibir una carta que dice que su madre se halla gravemente enferma y que, si la quiere ver con vida, debe ir ahora mismo. Queda a diez kilómetros de aquí, en pleno campo, y dice Dinah que aunque tomara el tren, le quedarían cuatro kilómetros de caminata, lo cual sería imposible, débil como está y con el bebé de apenas seis semanas. Pregunta si la llevarías en tu coche, y promete pagar sin falta en cuanto tenga dinero.

—Bueno, bueno; eso ya lo veremos. No pensaba en dinero, sino en perder el domingo; los caballos están cansados, y yo también… Eso es lo malo.


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