Azabache

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—Lo es para todos, en realidad, pues el domingo no es lo mismo sin ti —insistió Polly—. Pero tú sabes que debemos conducirnos con los demás como quisiéramos que ellos se condujeran con nosotros. Bien sé lo que desearía hacer si mi madre estuviera moribunda, y sé que así no violarías el descanso dominical, pues si sacar de un pozo a una pobre bestia no estropea el domingo, estoy segura de que llevar a la pobre Dinah, tampoco.

—¡Vaya, Polly! Hablas tan bien como el sacerdote… Y bien, ya que hoy he oído temprano mi sermón dominical, puedes ir a decirle a Dinah que estaré listo para llevarla cuando el reloj dé las diez. ¡Espera un momento!… Ve a casa del carnicero Braydon, dale mis saludos, y pídele que me preste un coche liviano; sé que nunca lo utiliza el domingo, y para el caballo sería mucho mejor.

Ella se alejó y no tardó en volver, anunciando que el carnicero le prestaba el coche con todo gusto.

—Muy bien —repuso él— prepárame ahora un poco de pan y queso, que volveré por la tarde, lo antes posible.

—Y yo tendré el pastel de carne listo para tomar temprano el té, en lugar de la cena —agregó Polly, antes de marcharse.


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