Azabache

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Un día frío y ventoso, Dolly acababa de llevar a Jerry un cuenco con algo caliente, y esperaba a su lado que él lo comiera. Recién había comenzado, cuando un caballero que se nos acercaba a paso vivo levantó su paraguas. A su vez, Jerry se tocó el sombrero, entregó el cuenco a Dolly, y me quitaba la manta cuando el caballero se apresuró a exclamar:

—¡No, no, termine esa sopa, amigo mío; aunque no me sobra mucho tiempo, puedo esperar a que haya concluido y acompañado a sus hijita hasta la acera!

Diciendo esto, se sentó en la berlina. Jerry le agradeció cortésmente antes de dirigirse a la niña:

—¿Ves, Dolly?, ése es un verdadero caballero, que dispone de tiempo y consideración para un pobre cochero y su hijita.

Una vez que acabó su sopa y dejó a su hija sana y salva en la acera opuesta, Jerry recibió órdenes de llevar a su pasajero hasta Clapharn. En varias ocasiones posteriores, este mismo caballero tomó nuestro coche. Creo que le gustaban mucho los perros y los caballos, pues cada vez que lo llevábamos hasta su casa, dos o tres perros salían brincando a recibirlo. A veces me palmeaba diciendo con voz serena y agradable:

—Este caballo tiene un buen amo y lo merece.


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