Azabache

Azabache

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—Ojalá hubiera más caballeros como usted, señor —intervino Jerry— pues bastante falta hacen en esta ciudad.

Después continuamos viaje, y al bajar de la berlina, nuestro amigo concluía.

—Mi doctrina en la vida es la siguiente: si vemos cometer una crueldad o un acto deshonesto que podamos impedir, y sin embargo no nos molestamos en intervenir, compartimos así la responsabilidad del que mal obra.

Opino que, para ser caballo de cochero, mi situación era realmente buena. Como mi conductor era también mi dueño, su interés residía en tratarme bien y no recargarme de trabajo, aunque no hubiera sido tan bueno cómo era. En cambio, muchos caballos pertenecían a los grandes propietarios de coches de plaza, quienes los alquilaban a sus conductores por una suma diaria de dinero. Como esos caballos no pertenecían a sus conductores, a éstos no les interesaba sino extraerles dinero, primero para pagar al propietario, y después para ganarse la vida. Algunos de estos caballos lo pasaban muy mal. Aunque no entendía mucho, solía oír hablar de ello en la parada, donde el Patrón, hombre de buen corazón y aficionado a los caballos, expresaba a veces su opinión cuando veía llegar alguno muy cansado o maltratado.

Un día un conductor desaseado, de aspecto miserable, a quien llamaban «Sam el Andrajoso» apareció con su caballo, que parecía agotado. El Patrón comentó:


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