Azabache

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—Imposible, señor, gracias apenas si tengo dinero suficiente para volver. Indíqueme el camino, por favor.

—Mire, señora, en casa tengo esposa e hijos queridos, y sé cómo se siente un padre —insistió Jerry—. Vamos, suba al coche, que la llevaré gratis; me avergonzaría de mí mismo si dejara a una mujer y a un niño enfermo correr semejante riesgo.

—¡Que Dios lo bendiga! —exclamó la mujer, mientras estallaba en lágrimas.

—Vamos, vamos, anímese, hija, que no tardará en llegar a destino. Permítame que la ayude a subir.

Cuando Jerry iba a abrir la portezuela, dos hombres con insignias en los sombreros y ojales llegaron corriendo y gritando:

—¡Cochero!

—¡Ya está tomado! —exclamó Jerry.

Pero uno de esos individuos apartó de un empellón a la mujer y saltó al coche, seguido por el otro. Severo como un policía, Jerry declaró:

—¡Caballeros, el coche ya fue tomado por esta dama!

—¿La dama? ¡Oh!, que espere —replicó uno de ellos—. Nos lleva un asunto muy importante. Además, llegamos primero; nos corresponde subir, y nos quedaremos.


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