Azabache

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Con pícara sonrisa, Jerry les cerró la portezuela, diciendo:

—Muy bien, caballeros, quédense cuanto quieran. Yo puedo esperar mientras reposan —y, dándoles la espalda, se acercó a la joven señora, que se hallaba a mi lado—. No tardarán en irse, no se preocupe —agregó riendo.

Y, en efecto, no tardaron en marcharse, pues al comprender la treta de Jerry, bajaron insultándolo con todos los nombres posibles, y amenazándolo con hacerlo arrestar. Tras esta pequeña demora, no tardamos en emprender camino hacia el hospital, yendo en todo lo posible por calles secundarias. Llegados a destino Jerry llamó a la puerta y ayudó a bajar a la mujer, que dijo:

—Se lo agradezco mil veces; jamás habría podido llegar sola.

—No tiene por qué; espero que el niño mejore pronto —repuso Jerry.

Luego me palmeó el pescuezo, como siempre hacía cuando estaba complacido por algo.

Había empezado a llover, y cuando nos alejábamos del hospital, volvió a abrirse la puerta y el portero llamó:

—¡Cochero!

Nos detuvimos, mientras bajaba la escalera una señora, a quien Jerry pareció reconocer enseguida.

Ella, echándose atrás el velo, exclamó:


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