Azabache
Azabache Logré seguir más o menos bien hasta que llegamos a la Colina de Ludgate, pero allí la pesada carga y mi cansancio resultaron excesivos. Me esforzaba por salir adelante, acuciado por constantes tirones de rienda y latigazos, cuando en un solo instante, no sé como, mis patas cedieron y caí pesadamente de costado al suelo. La brusquedad y la violencia con que caí parecieron quitarme todo el aliento del cuerpo.
—¡Oh, ese pobre caballo! Y todo es por culpa nuestra.
Alguien se acercó y aflojó la correa de mi brida que me ajustaba el pescuezo, y deshizo los tirantes que me apretaban tanto el collar. Alguno dijo:
—Está muerto; ya no volverá a levantarse.
Después pude oír que un policía daba órdenes, pero ni siquiera abrí los ojos; apenas si podía respirar de vez en cuando. Me arrojaron agua fría a la cabeza, me echaron en la boca un poco de tónico, y me cubrieron con algo.
No sé cuánto tiempo permanecí allí tendido y pero por fin sentí que recobraba la vida, y que un hombre de voz bondadosa me palmeaba alentándome a levantarme. Después que me dieran un poco más de tónico, y tras una o dos tentativas, me incorporé tambaleante, y fui conducido despacio a unos establos cercanos. Allí me alojaron en una cómoda casilla y me sirvieron una mezcla caliente que bebí agradecido.