Azabache
Azabache Al anochecer, ya estaba lo bastante repuesto como para ser conducido de vuelta a los establos de Skinner, donde, según creo, me cuidaron lo mejor posible. Por la mañana fue a verme Skinner, acompañado de un veterinario, quien después de examinarme minuciosamente, declaró:
—Se trata de un caso de trabajo excesivo, y no de enfermedad. Si pudiera proporcionarle seis meses de reposo, podrÃa volver a trabajar, pero ahora no le queda nada de fuerza.
—En tal caso, irá a alimentar a los perros —replicó Skinner—. Yo no tengo prados donde cuidar caballos enfermos… podrÃa reponerse o no, esas cosas no me convienen. Mi sistema consiste en hacerlos trabajar mientras pueden, y venderlos luego por lo que den en el matadero o donde sea.
—Si tuviera afectada la respiración, serÃa mejor que lo matara inmediatamente, pero no es asà —insistió el veterinario—. Dentro de unos diez dÃas hay una subasta de caballos; si lo deja descansar y lo alimenta bien, acaso se reponga, y asà podrá obtener por él más de lo que vale su pellejo.
Aunque de mala gana, Skinner siguió este consejo, y dio órdenes de que se me alimentara y cuidara bien, que el mozo de cuadra, felizmente para mÃ, cumplió con mucha mejor voluntad que la demostrada por su amo al darlas.