Azabache
Azabache Diez días de descanso completo, y abundancia de sabrosa avena, heno y afrecho molido con linaza hervida, mejoraron más mi estado que cualquier otra cosa.
Con esos deliciosos purés de linaza, empecé a pensar que, al fin y al cabo, acaso fuera mejor seguir viviendo que ir a alimentar perros. Doce días después del accidente me llevaron a la subasta a pocos kilómetros de Londres. Pensando que cualquier cambio respecto de mi situación del momento sería un adelanto, alcé la cabeza, esperando lo mejor.
En aquella subasta, me encontré en compañía de caballos viejos y venidos a menos: unos cojos, otros cortos de aliento, unos demasiado viejos, y algunos que, seguro estoy, lo más piadoso habría sido matarlos.
En gran parte, tampoco los compradores y vendedores tenían mucho mejor aspecto que las pobres bestias por las cuales regateaban. Había pobres ancianos que procuraban adquirir por unas cuantas libras un caballo o pony que les permitiera arrastrar algún carro de leña o carbón. Había pobres hombres que intentaban vender algún animal gastado por dos o tres libras, antes que resignarme a la pérdida mayor de matarlo.