Azabache
Azabache Algunos parecían completamente endurecidos por la pobreza y la mala suerte; otros había, en cambio, por quienes habría empleado de buena gana mis últimas fuerzas: pobres y andrajosos, pero bondadosos y humanitarios, con voces que me inspiraban confianza. Hubo un anciano tembloroso que se mostró muy interesado en mí, y yo en él, pero no le parecí bastante fuerte… ¡fue un momento de ansiedad!
Poco después, advertí que se acercaba desde la mejor parte de la subasta un caballero que parecía ser granjero, acompañado por un niño. Su espalda era ancha; sus hombros, redondos, su rostro, bondadoso y rubicundo, y llevaba puesto un sombrero de ala ancha. Cuando llegó a mi lado y al de mis compañeros, se detuvo y echó sobre nosotros una mirada compasiva.
Vi que sus ojos se posaban en mí; yo conservaba todavía una buena crin y cola, lo cual realzaba mi apariencia.
Alcé las orejas y lo miré.
—Fíjate, Willie, ese caballo ha visto mejores épocas —comentó él.
—¡Pobrecito! —exclamó el niño que lo acompañaba—. Abuelo, ¿habrá sido alguna vez caballo de carruaje?