Azabache
Azabache —Sin duda, muchacho —repuso el granjero, mientras se acercaba a m× puede haber sido cualquier cosa cuando joven. FÃjate en sus fosas nasales, en sus orejas y en la forma de su pescuezo y hombros… Es de muy buena raza.
Tendiendo la mano, me palmeó el cuello con suavidad. Como respuesta, yo adelanté la nariz, y el niño me acarició la cara, diciendo:
—¡Pobrecito! Mira, abuelo, cómo comprende la bondad de nuestro trato. ¿No podrÃas rejuvenecerlo como hiciste con Mariquita?
—Hijo mÃo, no puedo volver joven a cualquier caballo. Además, Mariquita no estaba tan vieja como estropeada y maltratada.
—Bueno, abuelo, yo no creo que éste sea tan viejo. MÃrale la crin y la cola… ¿Por qué no le miras la boca, asà calculas su edad? Aunque está flaco, no tiene los ojos hundidos como algunos caballos viejos.
—¡Qué muchachote! —rió el anciano caballero—. Es tan aficionado a los caballos como su abuelo.
—Vamos, abuelo, mÃrale la boca y pregunta el precio; estoy seguro de que en nuestros prados recobrarÃa la juventud.
Intervino entonces el hombre que me habÃa conducido a la subasta: