Azabache
Azabache —¿Podrá llevarnos su caballo, sà o no? —preguntó el pasajero.
—Sà que podrá, señor. Es capaz de llevar más que eso —insistió el conductor, mientras subÃa una caja tan pesada, que sentà bajarse los resortes.
—¡SÃ, papá, toma otro coche más! —imploró la jovencita—. Estoy segura de que hacemos mal y de que cometemos una gran crueldad.
—¡TonterÃas, Grace!… Sube enseguida, y no alborotes tanto. ¡Bueno serÃa que un hombre de negocios tuviera que examinar cada caballo de alquiler antes de tomar un coche! Este hombre conoce su oficio, por supuesto. ¡Vamos, sube y calla!
Mi amable amiga tuvo que obedecer, mientras caja tras caja eran arrastradas y colocadas en el techo del coche, o instaladas junto al conductor. Por fin todo quedó listo, y con el tirón de riendas y latigazos habituales, salimos de la estación.
La carga era muy pesada, y yo no comÃa ni descansaba desde la mañana. Sin embargo, hice cuanto pude, como lo hacÃa siempre pese a la crueldad y la injusticia.