Azabache

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Unos diez minutos más tarde regresó seguido por esas damas. Una de ellas, pálida y envuelta en un chal blanco, se apoyaba en otra más joven, de ojos negros y alegres facciones; la tercera, una persona de aspecto majestuoso, era la señorita Blomefield. Todas se acercaron a mirarme y hacer preguntas. La más joven, que era la señorita Ellen, se prendó mucho de mí, y dijo estar segura de que yo le gustaría, pues tenía muy buena cara. La dama alta y pálida objetó que siempre la pondría nerviosa ir detrás de un caballo que se había caído una vez, pues podía caer de nuevo, en cuyo caso ella jamás se repondría del susto.

—Miren, señoras —explicó el granjero— a muchos caballos de primera clase se les han quebrado las rodillas por puro descuido de sus conductores, sin tener ninguna culpa, y por lo que he visto de este caballo, debe ser así en su caso. Pero, por supuesto, no pretendo influenciarlas. Si así lo desean, pueden recibirlo a prueba, y entonces su cochero verá qué opina de él.

La majestuosa dama repuso:

—Siempre nos ha aconsejado tan bien sobre nuestros caballos que su recomendación significa mucho para mí, y sí mi hermana Lavinia no tiene inconveniente, aceptaremos agradecidas su ofrecimiento a prueba.


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