Azabache

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—Se lo merece… Conocí en la escuela a ese muchacho, que se daba mucho pisto por ser hijo de un terrateniente. Siempre alardeaba y maltrataba a los más pequeños… Claro que los mayores no hacíamos caso de esas tonterías, y le hicimos entender que en la escuela y en el campo de juegos los hijos de ricos y los de jornaleros son todos iguales. Recuerdo que un día, poco antes de clase, lo descubrí junto a la ventana grande, atrapando moscas a las que arrancaba las alas. Él no me vio, y yo le propiné tal bofetón que lo dejé tendido en el suelo. Furioso como estaba, casi me asusté, de tal manera bramaba y vociferaba… Los muchachos acudieron desde el campo de juegos, y el maestro desde la calle, para ver a quién asesinaban. Claro que enseguida conté lo sucedido; mostré al amo esas pobres moscas, algunas aplastadas y otras que se arrastraban, indefensas, y también las alas sobre el antepecho de la ventana. Nunca lo vi tan enojado como entonces, pero como Bill seguía gimiendo y chillando como cobarde que era, no lo castigó como había hecho yo, sino que lo hizo sentarse en una banqueta alta toda la tarde, y le prohibió salir a jugar durante toda la semana. Después nos habló a todos con mucha seriedad sobre la crueldad, explicándonos qué perverso y cobarde era dañar a los débiles e indefensos. Pero lo que más se me grabó en la mente fue esto: dijo que la crueldad era la marca del mismo demonio, y que si veíamos alguien que se complaciera en la crueldad, podíamos saber a quién pertenecía, ya que el demonio era un asesino desde el principio y un torturador hasta el fin. Por el contrario, donde viéramos personas que quisieran a sus vecinos y fueran bondadosos con hombres y bestias, reconoceríamos la marca de Dios, puesto que «Dios es Amor».


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