Azabache
Azabache Días después mis amos decidieron visitar a unos amigos que habitaban a unos cincuenta kilómetros de casa, y James debía conducirlos. El primer día, recorrimos treinta y cinco kilómetros; hallamos algunas colinas largas y empinadas, pero James conducía con tanto cuidado y consideración, que no nos costó recorrerlas. Nunca olvidaba ponernos la rastra al ir cuesta abajo, ni quitárnosla en el sitio adecuado. Nos hacía pisar la parte más blanda del camino y, si la colina era muy larga, ponía las ruedas un poco atravesadas, de modo que el carruaje no resbalara hacia atrás, y nos daba tiempo para resollar. Todos estos pequeños detalles ayudan mucho al caballo, sobre todo si, además, se le habla con amabilidad.