Azabache
Azabache Paramos una o dos veces en el camino y, cuando el sol se ponÃa, llegamos a la aldea donde Ãbamos a pasar la noche. Nos detuvimos frente al hotel principal, uno muy grande, cerca del Mercado. Por una arcada pasamos a un patio largo, a cuyo fondo se encontraban los establos y cocheras. Dos mozos de cuadra salieron a recibirnos. El principal era un hombrecillo agradable y activo, con una pierna deforme y un chaleco amarillo, a rayas. Nunca vi a nadie que desensillara con tanta rapidez como él. Después, con una palmada y una palabra de aliento, me condujo a un establo largo, que constaba de seis u ocho pesebres ocupados por dos o tres caballos. El otro llevó a BravÃa; James aguardó mientras nos fregaban y limpiaban.
Nadie me limpió nunca tan suave y rápidamente como aquel viejecillo. Cuando hubo concluido, James se adelantó a palparme, como si no creyera posible que estuviera listo, pero comprobó que tenÃa la piel tan limpia y suave como una seda.
—¡Vaya! —exclamó entonces— me creÃa bastante rápido, y a John más rápido aún, pero usted supera todo lo que conozco, en cuanto a ser veloz y concienzudo al mismo tiempo.