Azabache

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—La práctica hace la perfección… y si no fuera así, sería una lástima —declaró el viejo—. ¿Quién no sería perfecto con cuarenta años de práctica? ¡Ja, ja!, eso sí que sería una vergüenza. En cuanto a rapidez, pues, ¡bendito sea!, sólo es cuestión de costumbre. Si uno se acostumbra a ser rápido, resulta tan fácil como ser lento… más fácil, diría. A decir verdad, no me resulta saludable demorarme en una tarea el doble del tiempo requerido. ¡Bendita sea!, no podría silbar si cumpliera mis tareas con lentitud, como hacen algunos. Mire, ando entre caballos desde que tenía doce años, en establos de caza y de carrera… Como soy pequeño, fui jockey durante varios años, pero en la pista de Goodwood el césped estaba muy resbaloso, mi pobre Larkspur tuvo una rodada y yo me quebré la rodilla. Por supuesto, ya no servía de nada allí… Pero, como no podía vivir sin caballos, me empleé en los hoteles y le digo que es un verdadero placer manejar un caballo como éste: bien criado, bien acostumbrado, bien, sé bien cómo se trata a un cuidado. ¡Bendita sea!, yo caballo. Déjelo en mis manos veinte minutos, y yo le diré qué clase de caballerizo ha tenido. Fíjese en éste: placentero, tranquilo, se mueve como usted lo desea, ofrece las patas para que se las limpien o cualquier cosa que usted le pida. Otros, en cambio, se ponen nerviosos, no se mueven para el lado adecuado, corren por el establo, agitan la cabeza en cuanto uno se acerca a ellos, echan atrás las orejas y demuestran temor; o si no, intentan patear. ¡Pobrecitos!, yo sé cómo los han tratado. Si son tímidos, ese tratamiento los vuelve asustadizos; si son briosos, los vuelve ariscos o peligrosos; su carácter se forma principalmente cuando jóvenes… ¡Bendita sea!, son como niños: que se les indique el camino que deben seguir, como dice la Biblia, y cuando mayores no se apartarán de él… si se les da la ocasión, claro está.


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