Azabache
Azabache Mientras tanto, el otro hombre terminó con Bravía y nos llevó nuestro maíz, de modo que James y el anciano salieron juntos del establo.
Más tarde, al anochecer, el segundo mozo de cuadra llevó el caballo de un viajero, y mientras lo limpiaba, un joven con una pipa en la boca entró en el establo a conversar.
—Oye, Towler —le pidió el mozo—, acerca la escalera al pajar y baja un poco de heno para el pesebre de este caballo, ¿quieres? Pero antes deja la pipa.
—Bueno —aceptó el otro, que se dirigió a la puerta trampa. Poco después lo oí llegar arriba y bajar el heno.
Por fin, James fue a vernos, y luego la puerta quedó cerrada.
No sé cuánto tiempo dormí, ni qué hora de la noche era, cuando desperté muy incómodo, aunque sin saber por qué. Me levanté: el aire parecía denso y asfixiante. Oí toser a Bravía, y que uno de los otros caballos se paseaba, inquieto. La oscuridad, que era completa, me impedía ver nada, pero el establo estaba lleno de humo, que apenas me permitía respirar.