Azabache
Azabache La puerta trampa había quedado abierta; me pareció que de allí provenía el humo. Aguzando el oído, percibí un ruido suave, una especie de ráfaga, acompañado de crujidos y chasquidos. Aunque no sabía qué era, algo en ese sonido tan extraño me hizo temblar de pies a cabeza. Todos los demás caballos estaban ya despiertos; unos tironeaban de sus cabestros, otros golpeaban el suelo con las patas.
Al fin oí pasos afuera, y el mozo de cuadra que había acompañado al caballo del viajero irrumpió en el establo con una lámpara, y se puso a desatar los caballos, tratando de conducirlos afuera. Pero tanta prisa parecía tener, y tan asustado estaba él mismo, que me asustó aún más. El primer caballo no quiso seguirlo; probó con el segundo y el tercero, pero tampoco ellos se movieron. Por fin se me acercó e intentó sacarme del establo a la fuerza; claro está que no lo consiguió.
Después de intentar con todos nosotros por turno, abandonó el establo.