Azabache
Azabache Sin duda fuimos muy tontos, pero el peligro parecía rodearnos; no veíamos a nadie conocido en quien confiar, todo era extraño e incierto. El aire fresco que entraba por la puerta abierta hacía más fácil respirar, pero el ruido de arriba aumentaba, y al levantar la cabeza vi por entre las rejas de mi pesebre una trémula luz roja reflejada en la pared. Entonces oí que afuera alguien gritaba: «¡Fuego!», y el viejo mozo de cuadra entró rápida y tranquilamente. Sacó un caballo y volvió en busca de otro, pero las llamas jugueteaban ya alrededor de la puerta trampa, y arriba el estrépito era espantoso.
En ese momento oí la voz de James, tranquila y alegre como siempre.
—Vamos, lindos, es tiempo de que partamos, así que despierten y vengan conmigo —decía, mientras se acercaba a mí, que estaba más cerca de la puerta—. Ven, Azabache, déjate poner la brida, muchacho, que pronto saldremos de este ahogo…
Me la puso sin perder tiempo; luego se quitó el pañuelo del cuello, con el cual me cubrió los ojos para sacarme del establo entre caricias y halagos. A salvo en el patio, me quitó el pañuelo de los ojos y gritó:
—¡A ver!, alguien que se ocupe de este caballo mientras yo voy en busca del otro.