Azabache

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Un hombre alto y corpulento se adelantó para hacerse cargo de mí, mientras James se precipitaba de vuelta en el establo. Al verlo alejarse, lancé un agudo relincho. Más tarde, Bravía me dijo que relinchar fue lo mejor que pude haber hecho, ya que, de no haberme oído afuera, jamás habría tenido valor para salir.

Poco después oí, entre todo aquel alboroto y estrépito, una voz clara y sonora, en la cual reconocí la de mi amo.

—¡James Howard! ¡James Howard! ¿Estás allí?

No hubo respuesta, pero oí el ruido de algo que caía en el establo, y al instante siguiente lancé un relincho fuerte y jubiloso, ya que vi a James que salía entre el humo, llevando consigo a Bravía. Esta tosía violentamente, y él no podía hablar.

—¡Mi valiente muchacho! —exclamó el amo, poniéndole una mano sobre el hombro—. ¿Estás herido?

James meneó la cabeza negativamente, sin poder hablar aún.

—Sí, es un joven valiente, sin duda alguna —comentó el hombrón que me sujetaba.

—Y ahora, James, en cuanto hayas recobrado el aliento, nos alejaremos de aquí lo más pronto posible —indicó el amo.

Nos dirigíamos a la entrada cuando, desde el Mercado, se oyó el redoble de un galope y el retumbar de ruedas.


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