Azabache

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—¡Es la bomba de incendios! ¡La bomba de incendios! —gritaron dos o tres voces—. ¡Apártense, dejen pasar!

Y con gran estrépito, irrumpieron en el patio dos caballos que arrastraban consigo la pesada bomba. Dos bomberos saltaron a tierra; no tuvieron que preguntar dónde era el incendio, pues una enorme llamarada brotaba del techo.

Tan rápido como podíamos, salimos a la amplia y silenciosa Plaza del Mercado. Brillaban las estrellas y, salvo por el ruido que dejábamos atrás, todo era quietud. El amo abrió la marcha hasta un gran hotel, del otro lado, y en cuanto llegó el mozo de cuadra, dijo:

—James, ahora debo volver junto a mi esposa; te confío enteramente los caballos, pide lo que haga falta.

Dicho esto, partió. No corría, pero nunca vi a nadie caminar tan rápido como a mi amo, aquella noche.

Antes de entrar en nuestros establos, oímos un sonido espantoso: ¡los bramidos de esos pobres caballos abandonados para morir quemados allá adentro eran terribles! Bravía y yo quedamos angustiados, pese a estar a salvo y bien cuidados.


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