Azabache

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—No suelo hablar de mí mismo —declaró John— pero, ya que te alejas de nosotros en busca de fortuna, te diré cómo veo estas cosas. Tenía yo la misma edad de Joseph cuando mis padres murieron de fiebre, con diez días de diferencia, dejándome solo en el mundo con mi hermana inválida, Nelly, sin un pariente a quien pedir ayuda. Como criado de un terrateniente, yo no ganaba lo suficiente para mantenerme a mi mismo, mucho menos a los dos, y mi hermana habría tenido que ir a un asilo, de no haber sido por nuestra ama, a quien, con toda razón, Nelly llama su ángel. El ama le alquiló una habitación en la casa de la anciana viuda Mallet, le encomendó tejidos y bordados, en cuanto pudo hacerlos; cuando enfermaba, le enviaba comida y muchas cosas bonitas, y fue como una madre para ella. El amo, por su parte, me llevó al establo, a las órdenes del viejo Norman, que entonces era el cochero. Comía en la casa, dormía en el altillo y, además de un traje completo, ganaba tres chelines por semana, de modo que pude ayudar a Nelly. Norman podía haberse opuesto, aduciendo que a su edad no podía perder tiempo con un muchacho inexperto que sólo conocía las tareas de labranza, pero fue como un padre para mí, y se tomó muchas molestias conmigo. Cuando murió el anciano, pocos años después, yo lo reemplacé; ahora, por supuesto, gano los mejores sueldos, que me permiten ahorrar para el futuro, y Nelly es muy feliz. Por eso, James, no soy yo quien va a desdeñar a un muchachito, ofendiendo a un amo tan bueno y amable. ¡No, no!, te echaré mucho de menos, James, pero ya saldremos adelante. No hay nada mejor que hacer una buena acción cuando se presenta la oportunidad, y me alegro de tenerla.


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